
21 de Marzo de 2025
En una columna en El Tiempo, el director ejecutivo de Ami, Werner Zitzmann se pregunta ¿cómo quieren pasar los medios a la historia? ¿Como corresponsables de la polarización y sepultureros del periodismo? ¿O como fuentes de información confiable, relevante y útil, que propendan al estímulo de debates saludables y conversaciones y acciones generadoras de valor?
Para tomar decisiones, y a diario, esta suele ser una pregunta difícil. La respuesta con la que se definen caminos, desde la más elemental como qué ruta tomar en el tráfico para llegar a un destino, hasta la definición de políticas públicas, no solo conlleva la posibilidad de acertar o equivocarse, sino que los efectos de aciertos o equivocaciones pueden ser de tan honda trascendencia como la diferencia entre la vida y la muerte: de personas, instituciones, empresas, tradiciones, creencias y culturas.
En el ejercicio de profesiones, oficios y cargos, la dinámica de ponderación permanente con la que se calibran criterios y olfatos para escoger caminos, es cada día más retadora. Por la volatilidad de variables, la inmediatez de tiempos y turbulentos, pero, sobre todo, por el exacerbamiento de las emociones con las que se mueven los ánimos de la humanidad en el mundo actual. Para cualquier cosa. Todo el tiempo.
En la sociedad de la geopolítica de hoy, en el momento histórico, el contexto y las condiciones en que iniciamos el 2025, los medios de información de todo el mundo están llamados a escoger su camino, y seguramente uno que en su trayectoria marcará un antes y un después, trascendental, de vida o muerte.
Y no me refiero a los retos para la sostenibilidad, ni a la dispersión de audiencias, la comunicación efímera de la era digital, los tráficos y las mediciones, las tendencias y tecnologías de turno o los nuevos lenguajes y formatos. Ni siquiera a las amenazas a la libertad de prensa, la censura y la violencia contra periodistas.
La pregunta difícil hoy es ¿cómo quieren pasar los medios a la historia? ¿Como corresponsables de la polarización y sepultureros del periodismo? ¿O como fuentes de información confiable, relevante y útil, que propendan al estímulo de debates saludables y conversaciones y acciones generadoras de valor?
Mientras la vocación de servicio, el profesionalismo y el compromiso indeclinable con la verdad y la excelencia no marquen los acentos, ritmos y tiempos del periodismo, y mientras el respeto y la pedagogía no sean los sellos que identifiquen el qué hacer periodístico, mucho me temo que el camino escogido será el incorrecto y sin marcha atrás.
La oportunidad que el mundo enrevesado y frenético de hoy ofrece para tomar el camino correcto hacia un futuro imperecedero, es tan breve y estrecha como potente y poderosa. Es el momento. Requiere coraje y tino.
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