Pasar al contenido principal

Revistas, presencia y tiempo: el valor del impreso hoy

Image
Imagen
Fuente: Pexels

09 de Febrero de 2026

En un artículo para Huck, Megan Wray Schertler reflexiona sobre el estado actual de la industria editorial y cultural, y plantea por qué las revistas impresas no solo no han desaparecido, sino que hoy recuperan un lugar central en la forma en que las personas se relacionan con el periodismo, la cultura y la atención.

Tras años de repliegue en la industria del periodismo y los medios de información, las revistas físicas atraviesan un nuevo momento de expansión. Según el texto, el relato dominante de la última década insistió en que el papel había “muerto”: que lo digital había destruido la atención, que las redes sociales vaciaron los presupuestos y que ya nadie estaba dispuesto a pagar por una revista impresa. Para la autora, esa explicación siempre fue demasiado simple y funcional, porque libera a la industria de decisiones guiadas por el corto plazo y no por las necesidades reales de los lectores.

Desde su experiencia profesional, trabajando en la creación, relanzamiento y acompañamiento editorial de revistas, Wray sostiene que el problema nunca fue el formato. Según esta mirada, el impreso no estaba fracasando: fue abandonado por quienes dejaron de creer que podía evolucionar junto con lo digital. La conclusión es directa: el papel no murió; fueron los tomadores de decisiones quienes se alejaron antes de darle margen para crecer en paralelo a otros formatos.

Ese abandono, explica el texto, contrasta con lo que ocurre hoy. Contra todos los pronósticos, las revistas han recuperado relevancia cultural. Datos recientes muestran que las revistas, en papel y digital, alcanzan a cientos de millones de personas solo en Estados Unidos, y que una amplia mayoría de adultos ha leído al menos una en los últimos meses. A nivel global, el impreso sigue representando una parte significativa de la circulación total, lo que refuerza la idea de que el hábito de leer revistas nunca desapareció.

Este fenómeno se manifiesta de múltiples formas: personas que supuestamente “no leen” conservan revistas en sus casas; jóvenes acostumbrados a las pantallas compran zines; las marcas redescubren el valor del objeto físico como generador de lealtad; y distintas disciplinas creativas vuelven a apoyarse en el largo formato editorial. Para la autora, todo esto señala un cambio profundo que merece ser reconocido.

Cómo el impreso perdió el rumbo (y por qué no fue su culpa)

Con el auge de la publicidad digital, los presupuestos se retiraron progresivamente del papel. Sin embargo, ese dinero no fortaleció a los editores: se concentró en plataformas tecnológicas que llegaron a captar la mayor parte de los ingresos publicitarios globales. Durante años, el crecimiento del mercado quedó en manos de unos pocos actores, mientras los editores competían por recursos cada vez más limitados.

Como respuesta, muchas revistas redujeron costos: menos páginas, peor papel, equipos editoriales más pequeños y decisiones editoriales orientadas a métricas de corto plazo. El resultado, fue un ecosistema homogéneo de publicaciones más superficiales y cautelosas. Los lectores percibieron rápidamente el cambio y entendieron que las revistas ya no estaban pensadas para ellos.

Cuando la audiencia comenzó a alejarse, la industria, según la autora, interpretó mal las señales. Se habló de cambios irreversibles en el comportamiento del consumidor, de cerebros alterados por los teléfonos inteligentes y de una supuesta incompatibilidad entre el papel y la vida contemporánea. El texto insiste en que esta lectura fue errónea: los lectores no abandonaron el impreso; los editores abandonaron aquello que hacía valioso al formato.

Según esta perspectiva, al dejar de tratar las revistas como objetos culturales, espacios de cuidado, curaduría y comunidad, se erosionó la confianza. Reducir cualquier medio a su versión más barata conduce inevitablemente al fracaso, no como destino inevitable, sino como consecuencia de decisiones empresariales concretas.

Cuando todo cambió

El artículo sitúa un punto de inflexión claro: la pandemia. La ruptura de rutinas y la hiperexposición digital llevaron a personas de todas las edades y contextos a enfrentarse a los límites de la vida en pantalla. Estudios citados en el texto muestran que una parte significativa de la población intentó reducir su tiempo en línea durante ese período.

La fatiga digital obligó a poner en palabras algo que ya se intuía: la inmersión constante en lo digital tiene efectos negativos sobre la atención, el estado de ánimo, la memoria y la creatividad. Frente a esto, emergió un deseo compartido por experiencias más lentas, táctiles y enfocadas. No se trató de una moda pasajera, sino de un cambio profundo en la forma de valorar el tiempo y la atención.

El texto señala que hoy el tiempo fuera de las pantallas se asocia con bienestar y aspiración. Desde retiros diseñados en torno al “off screens”  o “lejos de la pantalla” hasta propuestas de minimalismo digital, el mercado encontró nuevas formas de capitalizar ese deseo. En ese contexto, las revistas impresas aparecen como una alternativa accesible que ofrece algo que no puede replicarse digitalmente: presencia.

La era del escepticismo digital

A la fatiga de pantalla se sumó otro fenómeno: la desconfianza. Según el artículo, los lectores actuales analizan de forma casi automática cada pieza de contenido en línea antes de comprometer su atención. Preguntas sobre patrocinio, automatización, superficialidad o generación por IA forman parte del consumo cotidiano.

Esta mayor alfabetización mediática lleva a tratar el contenido digital como algo descartable: se escanea, se duda de él y se olvida rápidamente. En contraste, el impreso, tradicionalmente visto como un formato del pasado, se presenta como un espacio de compromiso. Una revista implica tiempo, recursos y una decisión consciente, y ese costo funciona como señal de cuidado y seriedad editorial.

Según Wray, los lectores reconocen cuándo una publicación está hecha con intención y conocimiento, y cuándo responde solo a la lógica de producción constante. La imposibilidad de acelerar o automatizar el papel refuerza su credibilidad.

La radicalidad de las revistas

Para la autora, entender el presente del papel requiere reconocer qué han sido siempre las revistas. No solo productos editoriales, sino archivos alternativos de la experiencia humana. Documentan subculturas antes de que sean legitimadas, preservan voces marginales y registran momentos tal como fueron vividos.

A diferencia del contenido digital, una revista no se actualiza ni se reescribe. Conserva una versión fija del tiempo y del debate cultural. Esa permanencia, sostiene el artículo, convierte al impreso en una herramienta radical: no por oposición, sino por inmediatez y cercanía con la vida cotidiana.

Por qué las marcas están volviendo al papel

Durante años, las marcas priorizaron métricas cuantificables como clics o conversiones. El impreso quedó relegado por no ajustarse a esos parámetros. Sin embargo, cuando se analizan variables asociadas al largo plazo, confianza, afinidad y lealtad, las revistas muestran un rendimiento superior.

Según la autora, la diferencia es clara: los anuncios impresos se recuerdan; la saturación digital se desvanece. Para muchas marcas, este redescubrimiento implica reconocer que el capital cultural no se mide en métricas inmediatas, sino que se construye como una relación sostenida.

Un futuro que no mira atrás

El artículo insiste en que el papel no está “volviendo” a su forma anterior. Está transformándose en lo que siempre debió ser. Las nuevas revistas, según esta visión, se construyen desde el respeto por el oficio editorial, con comunidades más pequeñas pero más comprometidas, y con una integración consciente entre papel y digital.

En este modelo, el impreso funciona como ancla y fuente de verdad, mientras lo digital amplifica y facilita el descubrimiento. La lentitud deja de ser una desventaja para convertirse en un valor diferencial.

La autora también señala que uno de los desafíos centrales es reconstruir la infraestructura que permita a los editores concentrarse en su trabajo creativo. El futuro del papel, afirma el texto, no depende de la nostalgia, sino de fortalecer el ecosistema que lo rodea.

“El impreso nos devuelve al cuerpo. A la atención. Al mundo. Eso es radical”, dice Wray. 

Por qué este resurgimiento ocurre ahora

Según el artículo, la explicación es simple: cansancio, saturación y búsqueda de sentido. Las revistas ofrecen pertenencia, cierre y una experiencia completa, en contraste con la ansiedad del desplazamiento infinito.

Una revista no se descarta con un gesto. Su peso físico obliga a reconocer el tiempo y la atención invertidos. Para la autora, esa experiencia devuelve a las personas a una relación más consciente con la cultura.

No revive el papel: cambiamos nosotros

Este momento no trata solo de revistas, sino de una reevaluación colectiva de lo que se considera valioso. El papel no desapareció; se desdibujó su importancia. Hoy, esa relevancia vuelve a hacerse visible.

Según la autora, se abre así una nueva etapa para las revistas, basada en el oficio, la confianza y la relevancia cultural, más que en la velocidad o la dependencia digital. El futuro del papel, lejos de ser nostálgico, se presenta como expansivo, vivo y profundamente conectado con la experiencia humana.

Otras noticias

Image
Imagen

La eficacia publicitaria de los medios de información, bajo la lupa de un estudio francés

La Alliance de la presse d'information générale presenta los resultados del primer estudio realizado en Francia para medir la eficacia publicitaria de los entornos informativos y compararla con otros contextos editoriales.

Image
Imagen

Juicios, acuerdos y nuevos mercados: el contenido periodístico ante la IA

Press Gazette y Columbia Journalism Review analizan los principales casos que están marcando el pulso del debate sobre derechos de autor en la era de la inteligencia artificial.

Image
Imagen

Un sistema común para distinguir información confiable en el ecosistema digital

Entre algoritmos polarizantes, la inteligencia artificial generativa y un ecosistema informativo cada vez más desordenado, Vincent Peyrègne explica cómo la ambigüedad se ha convertido en una amenaza directa para el debate democrático.